El Valle del terror
El Valle del terror —Muy bien, hermano Morris. Yo serÃa quien lo lamentase si fuese necesario daros una lección. Pero mientras yo permanezca en esta presidencia seremos una logia unida en palabras y en hechos. Y ahora, muchachos —prosiguió, mirando a la concurrencia que le rodeaba—, quiero decir esto: que si a Stanger se le diese todo lo que él se merece, se armarÃa un revuelo mayor del que nos conviene. Estos directores de periódicos se apoyan unos a otros, y no quedarÃa en el Estado un periódico que no pidiese a gritos policÃa y tropas. Pero creo que podéis darle una advertencia algo fuerte. ¿Se encargará usted, hermano Baldwin?
—¡Desde luego! —contestó con mucho entusiasmo el joven.
—¿Cuántos hombres le harán falta?
—Media docena, y dos para guardar la puerta. Vendrás tú, Gower, y tú, Mansel, y tú, Scanlan, y los dos Willaby.
—He prometido al nuevo hermano que irÃa él —dijo el presidente.
Ted Baldwin miró a McMurdo con ojos que demostraban que no habÃa olvidado ni perdonado.
—Bien, que venga si lo desea —contestó con voz huraña—, con eso basta. Cuanto antes pongamos manos a la tarea, mejor.