El Valle del terror
El Valle del terror —No tengo sino que levantar un dedo, y lanzarÃa contra esta ciudad a doscientos hombres que la barrerÃan de un extremo a otro —de pronto alzó la voz y contrajo sus tupidas cejas negras con un ceño terrible—: cuidado, hermano Morris, porque no le pierdo de vista y lo vigilo desde hace algún tiempo. Usted no tiene valor, e intenta quitárselo a los demás. Será un mal dÃa para usted, hermano Morris, aquél en que su nombre figure en nuestra orden del dÃa, y me está pareciendo que es en él donde yo debo ponerlo.
Morris habÃa empalidecido mortalmente y se dejó caer en su silla como si se le aflojasen las rodillas. Alzó con mano temblorosa su vaso y bebió antes de sentirse con ánimos para contestar.
—Venerable maestre, yo pido perdón a usted y a todos los hermanos de esta logia si he hablado más de lo que debiera. Soy un miembro leal (todos vosotros lo sabéis), y lo que temo es que a la logia le ocurra algún daño, lo que me hace pronunciar palabras de inquietud. Pero yo tengo una confianza mayor en vuestro juicio que en el mÃo, venerable maestre, y prometo que no volveré a caer más en falta.
El ceño del gran maestre se suavizó al escuchar las humildes frases, y dijo: