El Valle del terror

El Valle del terror

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—Señor, es preciso obrar con cautela. No se sabe nunca en estos tiempos la reacción que sobre uno pueden tener las cosas. Tampoco se sabe en quién confiar y en quién no.

—Desde luego que uno puede confiar en los hermanos de la logia, creo yo.

—No, no; no siempre —exclamó Morris con vehemencia—. Todo cuanto decimos, e incluso cuanto pensamos, parece que alguien lo lleva hasta ese hombre, hasta McGinty.

—Mire usted —dijo McMurdo con severidad—: usted sabe bien que yo he jurado completa fidelidad a nuestro gran maestre no más tarde de la noche pasada. ¿Va usted a atreverse a pedirme que falte a mi juramento?

—Si lo toma usted desde ese punto de vista —dijo Morris con tristeza—, no me queda otra cosa que decirle sino que lamento haberle ocasionado la molestia de venir a mi encuentro. Mal andan las cosas cuando dos ciudadanos libres no pueden confiarse mutuamente sus pensamientos.

McMurdo, que venía estudiando con gran fijeza a su acompañante, suavizó algo su actitud, y dijo:

—Claro esta que yo hablé únicamente por mí mismo. Soy recién llegado, como usted sabe, y lo desconozco todo. No es a mí, míster Morris, a quien toca hablar, y si usted, pensándolo bien, desea decir algo, aquí estoy yo para escucharle.


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