El Valle del terror
El Valle del terror —Y para llevar mis palabras al mandamás McGinty —dijo Morris con amargura.
—Ahà sà que comete usted una injusticia conmigo —exclamó McMurdo—. Yo, personalmente, soy leal a la logia, y se lo digo a usted sin rodeos; pero serÃa un hombre ruin si fuese a repetir a nadie lo que usted pueda decirme en confianza. Dentro de mà quedará la cosa, aunque le advierto que quizá no consiga usted ayuda ni simpatÃa de mÃ.
—He renunciado a buscar la una y la otra —dijo Morris—. Quizá con lo que voy a decirle esté poniendo en sus manos mi vida; pero, por malo que usted sea (y la noche pasada me pareció que se está moldeando para serlo tanto como el que más), es usted, sin embargo, nuevo en el asunto, y no es posible que su conciencia se encuentre tan encallecida como la de ellos. Por eso se me ocurrió hablar con usted.
—¿Y qué es lo que tiene que decirme?
—¡Que caiga sobre usted una maldición si me delata!
—Ya le he dicho que yo no harÃa eso.
—Pues entonces le pregunto; Cuando usted ingresó en la sociedad de Hombres Libres, en Chicago, e hizo los juramentos de caridad y de lealtad, ¿cruzó acaso por su imaginación la idea de que entraba en una sociedad que lo conducirÃa al crimen?