El Valle del terror
El Valle del terror —Naturalmente. ¿No puedo yo ganar diez veces más sin salir de mi cuarto y trabajando cuatro horas al dÃa?
—Claro que sÃ. Sin embargo, yo no frecuentarÃa el trato de Morris.
—¿Por qué razón?
—Bueno, creo que como razón basta que yo se lo diga. Son muchos por aquà los que con ello tienen bastante.
—Quizás eso baste para mucha gente, consejero, pero no es suficiente para mà —dijo valientemente McMurdo—. Se dará usted cuenta de ello si sabe juzgar a los hombres.
El gigantón moreno le miró fijamente, y su mano velluda apretó un instante el vaso, como si fuese a tirárselo a la cabeza a su compañero. Pero de pronto soltó una carcajada estrepitosa y que sonaba a falso como todas las suyas.
—Estoy viendo que es usted un individuo raro —dijo—. Pues bien: si quiere razones, se las daré. ¿No le habló Morris nada contra la logia?
—No.
—¿Ni contra m�
—No.