El Valle del terror
El Valle del terror —Me enorgullece verlo por aquÃ, consejero —contestó McMurdo cordialmente, sacando su botella de whisky del armario—. Es un honor que yo no esperaba.
—¿Cómo va ese brazo? —preguntó el mandamás.
McMurdo hizo una mueca, y dijo:
—Pues, la verdad, no me he olvidado todavÃa. Pero la cosa vale la pena.
—SÃ, vale la pena —contestó el otro— para todos aquellos que son leales y saben llegar hasta el fin, ayudando a la logia. ¿Qué hablaba usted esta mañana con el hermano Morris en el Miller Hill?
Tan de improviso cayó la pregunta, que fue una suerte que McMurdo se tuviese preparada la respuesta. Rompió a reÃr cordialmente, y dijo:
—Morris ignoraba que yo puedo ganarme aquà la vida sin salir de casa. Y no quiero que lo sepa, porque para los que son como yo, resulta él un individuo de excesiva conciencia. Pero es un viejo de buen corazón. Se imaginó que yo estaba en mala situación y que me harÃa un gran favor ofreciéndome un empleo de escribiente en su ferreterÃa.
—¡Ah!, ¿era eso?
—SÃ, eso fue.
—¿Y usted rehusó?