El Valle del terror
El Valle del terror —Bueno, dejémoslo estar ahÃ. Pensaré en lo que usted me ha dicho, y quizá algún dÃa le vuelva a hablar de ello. Yo creo que al hablarme de esa manera lo ha hecho movido de una buena intención. Y ahora me vuelvo a mi casa.
—Unas palabras más antes que se marche —dijo Morris—. Quizá nos hayan visto juntos y quieran saber de qué hemos estado hablando.
—Eso está bien pensado.
—Le he ofrecido a usted un empleo de escribiente en mi almacén.
—Y yo lo rechazo. Ése ha sido nuestro trato. Bien, hermano Morris, adiós, y que en lo por venir le vayan mejor las cosas.
Aquella misma tarde, cuando McMurdo, absorto en sus pensamientos, fumaba junto a la estufa de su cuarto de estar, se abrió de pronto la puerta, y la voluminosa figura del mandamás McGinty llenó el hueco de la misma. Saludó con el signo y, acto seguido, tomó asiento frente por frente del joven, y le estuvo mirando un rato con fijeza. McMurdo sostuvo con la misma fijeza aquella mirada.
—Hermano McMurdo, yo no soy muy dado a visitas —dijo por último—. Me llevan demasiado tiempo quienes me visitan a mÃ. Pero pensé hacer una excepción y dejarme caer por aquà para hacerle una visita en su propia casa.