El Valle del terror
El Valle del terror —¿Y qué es lo que piensa usted hacer? ¡No será denunciarme! —preguntó McMurdo con aspereza.
—¡Dios no lo quiera! —exclamó Morris—. Además, sólo pensarlo me costarÃa la vida.
—Bien dicho —contestó McMurdo—. Estoy creyendo que usted es un hombre débil y que da demasiada importancia a las cosas.
—¡Demasiada importancia! Espere a llevar viviendo aquà más tiempo. FÃjese en el panorama de este valle. Contemple la nube del centenar de chimeneas que lo ensombrece. Le digo a usted que la nube de los asesinatos flota más espesa y más baja sobre las cabezas de la gente que esa otra nube que está usted contemplando. Éste es el valle del Terror. El valle de la Muerte. Desde que oscurece hasta que amanece, el terror está en los corazones de la gente. Espere, joven, y lo comprobará por sà mismo.
—Bien; cuando haya visto más, le diré lo que pienso del asunto —contestó al desgaire McMurdo—. Lo que salta a la vista es que usted no es hombre para estar donde está, y que cuanto antes venda su negocio (aunque sólo saque diez centavos por cada dólar de los que vale) saldrá usted ganando. Lo que ha contado quedará bien seguro aquà dentro; pero ¡vive Dios!, que si yo creyese que es usted un confidente…
—¡No y no! —exclamó, compungido, Morris.