El Valle del terror
El Valle del terror —Yo era un hombre de conciencia y de religión, pero me convirtieron en un criminal como ellos. Fui elegido para una tarea. Si yo me echaba atrás, sabÃa lo que aquello significaba para mÃ. Quizá soy cobarde. Quizá lo que me acobarda es pensar en mi pobre mujercita y en mis hijos. De todos modos, fui. Creo que ese recuerdo me perseguirá eternamente. Era una casa solitaria, a cuarenta kilómetros de aquÃ, al otro lado de aquella hilera de montañas. Me colocaron de centinela en la puerta, tal como lo hicieron anoche con usted. No podÃan confiar en mà para un trabajo semejante. Los demás entraron. Cuando salieron, sus manos estaban rojas de sangre hasta las muñecas. Cuando nos alejábamos, salió de la casa llorando, en persecución nuestra, un muchacho. Era uno de los cinco muchachos que habÃan visto asesinar a su padre. Casi me desmayé de espanto, pero no tuve más remedio que mantener cara audaz y sonriente, porque sabÃa bien que, si obraba de otro modo, serÃa de mi casa de donde ellos saldrÃan la próxima vez con sus manos ensangrentadas y que mi pequeño Fred llorarÃa a gritos llamando a su padre. Pero con aquel acto me convertà en un criminal; participé en un asesinato, me perdà para siempre en este mundo y me perdà también para siempre en el otro. Yo soy un buen católico, pero el sacerdote no quiso seguir hablando conmigo al enterarse de que pertenecÃa a los Camorreros, y me encuentro excomulgado de mi Iglesia. Tal es mi situación. Por eso, al verle a usted seguir el mismo camino, le pregunto adónde va a parar. ¿Está usted dispuesto a convertirse también en un asesino a sangre frÃa, o podemos hacer algo para impedir que siga usted adelante por ese camino?