El Valle del terror
El Valle del terror —Ni yo tampoco cuando ingresé en la de Filadelfia. Aquello no era sino un club de ayuda mutua y un lugar de reunión con los compañeros de uno. Un buen dÃa oà hablar de esta región (maldita la hora en que su nombre sonó por vez primera en mis oÃdos), y vine para mejorar de posición. ¡Para mejorar de posición, vive Dios! Mi esposa y mis tres hijos vinieron conmigo. Abrà una ferreterÃa en la plaza del Mercado y prosperé bastante. HabÃa corrido la voz de que yo era un Hombre Libre y me vi obligado a afiliarme a la logia local, tal como lo hizo usted anoche. Llevo la divisa de la vergüenza en mi antebrazo, y algo mucho peor marcado a fuego en mi corazón. Me encontré a las órdenes de un malvado criminal y me vi enzarzado en una red de crÃmenes. ¿Qué podÃa hacer yo? Las frases que yo pronunciaba para mejorar aquel estado de cosas se tomaban como traición, igual que lo hicieron con las de la noche pasada. No puedo marcharme de aquÃ, porque en mi almacén está todo cuanto poseo en el mundo. Si abandono la sociedad, sé muy bien que ese acto es mi sentencia a muerte, y quién sabe lo que serÃa de mi mujer y de mis hijos. ¡Es espantoso, espantoso!
Se llevó las manos a la cara, y su cuerpo se estremeció con sollozos convulsivos.
McMurdo se encogió de hombros, y dijo:
—Era usted demasiado blando. Hombres como usted no sirven para ese trabajo.