El Valle del terror
El Valle del terror —SÃ, yo estaba pensando en otras cosas, y cuando avanzaste pisando levemente con estos tus piececitos de hada…
—No, no, Jack; fue más que eso.
Una súbita sospecha se apoderó de ella.
—Déjame leer la carta que estabas escribiendo.
—No puedo hacerlo, Ettie.
Las sospechas de la joven se convirtieron en certidumbre, y exclamó:
—¡Es para otra mujer! Lo sé. ¿Por qué, si no es por eso, no ibas a dejar que yo la leyera? ¿Es que estabas escribiendo a tu esposa? ¿Cómo voy a saber yo que tú no eres casado; tú, un forastero al que nadie conoce?
—No estoy casado, Ettie, Mira, lo juro. Tú eres para mà la única mujer que hay sobre la tierra. ¡Lo juro sobre la cruz de Cristo!
Se habÃa puesto pálido y se expresaba con tan apasionada seriedad, que ella no pudo menos de creerle.
—Pues entonces —exclamó Ettie—, ¿por qué no me enseñas la carta?