El Valle del terror
El Valle del terror Cuando llegaron al espacio abierto en tomo de la torre de la boca-mina, se encontraron con un centenar de mineros que aguardaban, dando patadas en el suelo y soplándose en las puntas de los dedos, porque hacía un frío crudelísimo. Los forasteros formaban un pequeño grupo al socaire de la casa de máquinas. Scanlan y McMurdo treparon a una escombrera, desde la que dominaban todo el escenario que tenían delante. Vieron al ingeniero de la mina, que era un escocés barbudo y grandullón que se llamaba Menzies, salir de la casa de máquinas y dar la señal con su silbato para que se bajasen las jaulas. En ese mismo instante avanzó vivamente hacia la boca del pozo un joven alto, desgarbado, de cara afeitada y seria. Al avanzar, sus ojos se posaron en el grupo, callado e inmóvil, que estaba bajo la casa de máquinas. Aquellos hombres se habían echado hacia la cara sus sombreros y se habían levantado los cuellos para que sirviesen de pantalla a sus caras. El presentimiento de la muerte apretó un instante su mano helada sobre el corazón del gerente. Pero lo arrojó de sí en el acto, y sólo vio la obligación que tenía que cumplir con aquellos intrusos desconocidos.
—¿Quiénes sois vosotros? —preguntó, avanzando hacia ellos—. ¿Qué hacéis ahí perdiendo el tiempo?