El Valle del terror
El Valle del terror —Esta carta que ha caÃdo en mis manos —contestó McMurdo. Leyó en voz alta el párrafo—. Es para mà una cuestión de honor no dar más detalles acerca de la carta ni entregárosla, pero os aseguro que no hay en ella nada más que pueda afectar a los intereses de la logia. He expuesto ante vosotros el caso tal y como hasta mà ha llegado.
Uno de los hermanos habló asÃ:
—PermÃtame decir, señor presidente, que he oÃdo hablar de Edwards el Pajarraco y que éste tiene fama de ser el hombre que más vale de todo el personal de Pinkerton.
—¿Hay alguien que lo conozca de vista? —preguntó McGinty.
—Sà —dijo McMurdo—, yo lo conozco.
Corrió por la sala un murmullo de asombro. McMurdo prosiguió, con sonrisa de triunfo:
—Creo que lo tenemos en el hueco de nuestras manos. Podemos cortar este asunto en flor si actuamos con rapidez y habilidad. Poco tenemos que temer si me otorgáis vuestra confianza y vuestra colaboración.
—Pero ¿qué es lo que tenemos que temer? ¿Qué puede saber él de nuestros asuntos?