El Valle del terror

El Valle del terror

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Los hombres llegaron a su tiempo, según se había convenido. Exteriormente parecían ciudadanos respetables, bien vestidos y limpios, pero quien fuese un buen fisonomista habría descubierto muy poca esperanza para Edwards el Pajarraco en aquellas bocas duras y en aquellos ojos implacables. No había en el cuarto un solo hombre cuyas manos no se hubieran teñido de sangre una docena de veces. Eran tan insensibles al asesinato de un hombre como el carnicero a la muerte de una oveja. Destacábase entre todos, como es natural, tanto por su aspecto como por sus crímenes, el formidable mandamás. Harraway, el secretario, era hombre enjuto y agrio, de cuello largo y asarmentado y de miembros nerviosos y respingantes. Un hombre de incorruptible fidelidad, siempre que se tratase de las finezas de la Orden, y sin la menor idea de justicia o de honradez para ninguna otra persona fuera de la Orden. El tesorero, Carter, era de mediana edad, de facciones impasibles y bastante ceñudas, y de piel amarilla apergaminada. Era un organizador muy capaz, y de su cerebro calculador habían brotado los detalles concretos de casi todas las tropelías cometidas. Los dos Willaby eran hombres de acción, altos, jóvenes y ágiles, de cara resuelta, mientras que su compañero, Cormac, el Tigre, joven moreno y voluminoso, era temido hasta por sus propios camaradas a causa de su temperamento feroz. Éstos fueron los hombres que se reunieron aquella noche bajo el techo de McMurdo para matar al detective de Pinkerton.


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