El Valle del terror
El Valle del terror Su huĂ©sped habĂa colocado whisky en la mesa, y ellos se apresuraron a ponerse a punto para el trabajo que los esperaba. Baldwin y Cormac estaban ya medio borrachos, y el alcohol habĂa sacado a la superficie toda su ferocidad. Cormac acercĂł sus manos durante un momento a la estufa (que habĂa sido encendida), porque las noches primaverales eran todavĂa frĂas.
—Ésta nos servirá —dijo, y acompañó sus palabras con un juramento.
—Sà —dijo Baldwin, comprendiendo el alcance de aquellas palabras—. Si lo atamos a la estufa, vomitará la verdad.
—Sobre eso no tengáis cuidado; le arrancaremos la verdad —dijo McMurdo.
Este hombre tenĂa nervios de acero: todo el peso del asunto recaĂa sobre Ă©l, pero sus maneras eran ahora tan serenas y despreocupadas como siempre. Los demás lo advirtieron y le aplaudieron.
—Eres el hombre indicado para llevar este asunto —dijo McGinty en tono de aprobación—. No se dará cuenta de nada hasta que le pongas la mano en la garganta. Es una lástima que las ventanas no tengan persianas.
McMurdo fue de una a otra ventana y corrió más las cortinas.
—Nadie puede ahora espiarnos. La hora se acerca.
—Quizá no venga. Quizá barrunte el peligro —dijo el secretario.