El Valle del terror
El Valle del terror Desde la habitación contigua llegaba el murmullo de una conversación. ParecÃa que no iba a acabar nunca. Luego se abrió la puerta y apareció McMurdo con el dedo Ãndice en los labios. Se acercó hasta el extremo de la mesa y los miró a todos. Un cambio sutil se habÃa realizado en él. Sus maneras venÃan a ser las de un hombre que tiene ante sà una gran tarea que realizar. Su rostro habÃa adquirido dureza de granito. Le brillaban los ojos con intensa excitación detrás de los cristales de las gafas. Se habÃa convertido en un destacado conductor de hombres. Ellos se quedaron mirándole con intenso interés, pero nada dijeron. Él los fue mirando uno a uno con aquella mirada fija y extraña.
—Bueno —exclamó por fin McGinty—. ¿Está aqu� ¿Está aquà Edwards el Pajarraco?
—Sà —contestó lentamente McMurdo—. Está aquÃ. ¡Yo soy Edwards el Pajarraco!