El Valle del terror
El Valle del terror Después de estas breves palabras hubo diez segundos durante los cuales se hubiera dicho que la habitación estaba completamente desierta, de tan profundo como era el silencio. El siseo de una olla encima de la estufa golpeaba los oídos, áspero y estridente. Siete rostros pálidos, alzados todos ellos hacia este hombre que los dominaba, permanecían inmóviles por efecto de un terror absoluto. De pronto, y con un súbito quebrarse de cristales, asomó por cada una de las ventanas un erizamiento de brillantes cañones de rifle, mientras que las cortinas eran arrancadas de sus varillas. McGinty, al ver aquello, lanzó un rugido como de fiera herida y se abalanzó hacia la puerta entreabierta. Allí tropezó con un revólver que le apuntaba y con los fríos ojos azules del capitán Marvin, de la Policía del Carbón y del Hierro, que brillaban detrás del punto de mira. El mandamás retrocedió y cayó de espaldas en su silla.
—Consejero, ahí está usted más seguro —dijo el hombre al que ellos conocían por el apellido de McMurdo—. Y usted, Baldwin, si no retira la mano de su revólver, quizá defraude todavía al verdugo que le ha de ahorcar. Fuera esa mano, o, por el Dios que me crió… Bien, así está bien. La casa está rodeada por cuarenta hombres armados, de modo que ustedes mismos pueden calcular las probabilidades que tienen. ¡Marvin, quíteles las armas!