El Valle del terror
El Valle del terror No cabía resistencia alguna bajo la amenaza de aquellos rifles. Los hombres estaban desarmados. Huraños, avergonzados y atónitos, seguían sentados alrededor de la mesa. El hombre que les había hecho caer en la trampa les dijo:
—Antes de separarnos querría decirles unas palabras. Creo que quizá no volvamos a encontrarnos hasta que me vean en estrados. De aquí para entonces les quiero dar materia de meditación. Saben ya a qué atenerse sobre mi persona. Por fin puedo poner las cartas boca arriba. Yo soy Edwards el Pajarraco, de la agencia Pinkerton, Fui elegido para destruir vuestra cuadrilla. Era un juego difícil y peligroso el que tenía que hacer. Nadie, ni una sola persona, ni siquiera las que están más cerca de mí y las que me son más queridas, sabían la partida que yo me jugaba, con excepción del capitán Marvin, aquí presente, y de mis jefes. Pero esta noche termina, gracias a Dios, y yo soy el ganador de la partida.
Los siete rostros pálidos y rígidos se alzaban, con la vista fija en él. Había en sus ojos un odio insaciable. Él leyó aquella amenaza, que nada sería capaz de aplacar.