El Valle del terror

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—Quizás ustedes piensen que aún no ha terminado el juego. Bueno sobre este punto yo corro mis riesgos. De todos modos, algunos de vosotros no actuarán ya más, y otros sesenta hombres, además de los que estáis aquí, dormirán esta noche en la cárcel. Quiero deciros que cuando me encargaron de esta tarea yo no creí jamás que existiese una sociedad como la vuestra. Pensaba que eran habladurías de los periódicos y que yo podría demostrarlo. Me dijeron que vuestra sociedad pertenecía a la de los Hombres Libres, y por eso me dirigí a Chicago y me inicié allí. Entonces adquirí una seguridad todavía mayor de que se trataba nada más que de habladurías de los periódicos, porque en esa sociedad no descubrí nada malo y sí mucho de bueno. Sin embargo, tenía que realizar el trabajo que me habían encomendado, y vine a los valles del carbón. Cuando llegué a esta ciudad vi que estaba equivocado y que no había en esto nada de novedad. Me quedé, pues, para ver lo que ocurría. Yo no maté jamás a nadie en Chicago. Ni acuñé en mi vida un dólar. Los que os entregué eran tan buenos como los demás, pero nunca hubo dinero mejor gastado. Me di cuenta del camino que tenía que seguir para ganarme vuestras simpatías, y por eso fingí ser un perseguido de la Justicia. Todo salió como yo había calculado… Ingresé, pues, en vuestra logia infernal y tomé parte de vuestros consejos. Quizá digan algunos que yo era tan malo como vosotros. Pueden decir lo que gusten, con tal que yo os tenga entre mis manos. Pero ¿cuál es la verdad? La noche que yo ingresé apaleasteis al anciano Stanger. Yo no pude avisarle, porque no había tiempo para ello, pero detuve tu mano, Baldwin, cuando estabas a punto de matarlo. Si alguna vez he sugerido ideas, como para conservar mi situación entre vosotros, siempre fueron cosas que yo sabía que me sería posible evitar. No pude salvar a Dunn y a Menzies porque no estaba lo suficientemente enterado, pero ya me cuidaré de que sus asesinos sean ahorcados. Di aviso a Chester Wilcox, de manera que, cuando yo volé la casa, él y su gente estaban ocultos en otro lugar. Hubo muchos crímenes que yo no pude evitar, pero si volvéis la vista hacia atrás y os fijáis en las muchas veces que vuestras presuntas víctimas regresaron a casa por otro camino, o se encontraban en el barrio comercial de la ciudad cuando vosotros fuisteis a su casa, o que no salieron de ella cuando calculabais que saldrían, descubriréis en todo ello mi mano.


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