El Valle del terror
El Valle del terror —¡Condenado traidor! —siseó McGinty, por entre sus dientes apretados.
—SÃ, John McGinty, puedes llamarme asÃ, si con ello se suaviza tu dolor. Tú y los semejantes tuyos habéis sido en esta región los enemigos de Dios y de los hombres. HacÃa falta uno para interponerse entre vosotros y los pobres hombres y mujeres que tenÃais sujetos con vuestra garra. Sólo habÃa una manera de llevarlo a cabo y yo lo hice. Me llamas traidor, pero yo creo que serán muchos millares los que me llamarán libertador, que bajé hasta el infierno para salvarlos. Tres meses he estado metido en esto, pero no volverÃa a pasar otros tres meses asÃ, ni aunque me pagasen con todo el dinero que hay en el Departamento del Tesoro, de Washington. No tuve más remedio que permanecer en mi puesto hasta ser dueño de todo; de todos los hombres y de todos los secretos; hasta tenerlo todo en esta mano. HabrÃa esperado algún tiempo más, si no hubiese llegado a mi conocimiento la noticia de que mi secreto estaba dejando de serlo. HabÃa llegado a la ciudad una carta que os habrÃa abierto los ojos. No tuve, pues, más remedio que actuar, y actuar rápidamente. Nada más tengo que deciros sino que, cuando me llegue la hora, moriré más tranquilo pensando en el trabajo que he realizado en este valle. Y ahora, Marvin, no quiero hacerle perder más tiempo. Que entren sus hombres, y den fin al asunto.