El Valle del terror

El Valle del terror

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Llevaba la casa varios años deshabitada, amenazando convertirse poco a poco en una ruina pintoresca, cuando los Douglas tomaron posesión de la misma. La familia Douglas se componía únicamente de dos individuos, a saber: John Douglas y su esposa. Era el marido hombre extraordinario, tanto por su aspecto física como por su carácter: andaría por los cincuenta años de edad; su cara era arrugada y de fuertes mandíbulas, con bigote canoso, ojos grises, sumamente penetrantes, y el cuerpo seco y vigoroso, que no había perdido nada de su energía y actividad juveniles. Se mostraba con todos acogedor y simpático, aunque era algo extravagante en sus maneras. Producía la impresión de que su vida hubiese transcurrido en capas sociales de horizontes mucho más bajos que el de la sociedad provinciana de Sussex. Sin embargo, aunque sus convecinos, gente más culta, lo miraban con cierta curiosidad y reserva, no tardó en adquirir gran popularidad entre la gente de la aldea, porque se suscribía con generosas cantidades a todos los proyectos locales y porque nunca faltaba a los conciertos para fumadores y a otras fiestas sociales, en las que siempre se mostraba dispuesto a complacer a la concurrencia con alguna canción excelente, pues poseía una bien timbrada voz de tenor. Parecía disponer de dinero en abundancia, y se decía que lo había ganado en los campos de oro de California, siendo evidente, a juzgar por lo que él decía y por las palabras de su esposa, que habían pasado una parte de su vida en Norteamérica. La buena impresión que había producido con su generosidad y con sus maneras democráticas, aumentó con la fama, que no tardó en adquirir, de que era hombre que despreciaba el peligro. A pesar de ser mal jinete, acudía a todos los concursos, dándose los más asombrosos porrazos para no ceder en su resolución de mantenerse a la altura del mejor. También durante un incendio en el edificio de la vicaría se distinguió por la temeridad con que entró una y otra vez en el edificio en llamas con objeto de poner a salvo las cosas de valor, cuando ya la brigada local de bomberos había renunciado a ello por imposible. Así fue como John Douglas, habitante de una casa solariega, se hizo en menos de cinco años célebre en Birlstone.


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