El Valle del terror

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—Bueno, ya comprenderá que eso no prueba nada —comentó el inspector McDonald—. Se han cometido muchos crímenes con martillo sin que en éste quedase rastro alguno.

—Así es. Eso no demuestra que no se hubiese empleado el martillo. Pero podían haber quedado manchas, y tal detalle nos habría servido de ayuda. Pero la verdad es que no tenía ninguna. Examiné luego la escopeta. Los cartuchos eran de posta gruesa, y, según ya el sargento Wilson ha hecho notar, los gatillos estaban conectados por medio de un alambre, de manera que al tirar del de atrás se descargaban los dos cañones. El que hizo aquello iba muy resuelto a no correr el riesgo de fallar el tiro. La escopeta aserrada no medía más de sesenta centímetros de largura. Se podía llevar fácilmente debajo de la chaqueta. El nombre del fabricante estaba incompleto en el acanalado que separa los dos cañones, porque se leían las letras Pen, habiendo sido cortado el resto del nombre al serrar los cañones.

—Una P con un adornito encima…, y luego una E y una N más pequeñas —dijo Holmes.

—Exactamente.

—Pensilvania Small Arms Company…, una firma norteamericana muy conocida —afirmó mi amigo.


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