El Valle del terror
El Valle del terror Fuimos caminando por la curiosa calle de la aldea, que tenía a cada lado una hilera de olmos podados. Un poco más allá de la calle se alzaban dos antiguas columnas de piedra manchadas por los años y con retazos de líquenes; encima de las columnas distinguíanse unos objetos informes que fueron en tiempos el león rampante de Capus de Birlstone. Un corto paseo por la serpenteante avenida de carruajes, bordeada de robles y de césped, tal como suele verse únicamente en la Inglaterra rural; y de pronto, después de un recodo súbito, el edificio largo, bajo, de estilo jacobeo, construido de sucios ladrillos encarnados, con un jardín al estilo antiguo, encuadrado en una hilera de tejos podados. Al acercarnos a la casa surgió ante nosotros el puente levadizo de madera y el ancho y magnífico foso, tan luminoso e inmóvil como balsa de azogue bajo el frío sol de invierno. Los siglos habían pasado dejando atrás la vieja casa señorial, siglos de Nacimientos y de regreso al hogar, de danzas campestres y de reuniones de cazadores de zorros. Resultaba extraño que ahora, en su vejez, hubiese proyectado este oscuro suceso su sombra sobre aquellos muros venerables. Sin embargo, aquellos curiosos tejados en pináculo y los extraños tejadillos triangulares y salientes resultaban cobijo adecuado para cualquier intriga adusta y terrible. Contemplando yo aquellas ventanas profundamente encastadas y la larga fachada de color mortecino lamida por las aguas, tuve la sensación de que no era posible montar escenario más adecuado para tragedia como aquélla.