El Valle del terror
El Valle del terror —Asà es.
—Pues tiene por fuerza que ser un agravio de mucha trascendencia para que mantengan durante tan largo tiempo y de una manera tan viva el ansia de venganza. No fue cosa de poco más o menos la que dio origen a semejante enemistad.
—Yo creo que ha ensombrecido la vida toda de Douglas. Ni por un momento dejó nunca de pensar en ello.
—Pero ¿no cree usted que un hombre al que amenaza constantemente un peligro, sabiéndolo él, pedirÃa protección a la PolicÃa?
—Quizá se trataba de algún peligro contra el que no podÃa existir protección. Es preciso que ustedes sepan una cosa. Douglas andaba siempre armado. Jamás faltaba en su bolsillo el revólver. Pero, por una mala suerte, salió la noche pasada en batÃn y dejó el arma en su dormitorio. Me parece que él se consideraba a salvo una vez alzado el puente levadizo.
—Me gustarÃa concretar un poco más la cuestión de fechas —dijo McDonald—. Hace más de seis años que Douglas abandonó California. Usted le siguió al año siguiente, ¿no es asÃ?
—Asà es.
—Y él se casó hace cinco. Por consiguiente, usted regresó, más o menos, en la época de su boda.
—Cosa de un mes antes. Fui su padrino.