Estudio en Escarlata
Estudio en Escarlata Gregson y Lestrade no parecían en absoluto satisfechos ni con esta promesa ni con la despectiva alusión a la policía. El primero se sonrojó hasta la raíz de su cabello rubio, mientras los ojillos redondos del otro brillaban de curiosidad y resentimiento. Sin embargo, ninguno de los dos tuvo ocasión de formular palabra, pues sonó un golpecito en la puerta, y el portavoz de los golfillos callejeros, el joven Wiggins, introdujo su insignificante y desagradable presencia.
—Con permiso, caballero —dijo con una reverencia—. Tengo el coche abajo.
—Buen chico —dijo Holmes con afabilidad—. ¿Por qué no adoptan este modelo en Scotland Yard? —continuó, mientras sacaba de un cajón unas esposas de acero—. Observen lo bien que funcionan los resortes. Se cierran de golpe.
—El modelo antiguo también funciona —comentó Lestrade—, si encontramos el hombre a quien ponérselas.
—Muy bien, muy bien —dijo Holmes con una sonrisa—. El cochero podría ayudarme a bajar el equipaje. Pídele que suba, Wiggins.