Estudio en Escarlata
Estudio en Escarlata Todo fue cosa de un instante… Ocurrió tan deprisa que ni tiempo tuve de darme cuenta. Conservo dos recuerdos: la expresión triunfal de Holmes y el timbre de su voz, y el rostro aturdido y furioso del cochero, que miraba iracundo las relucientes esposas que habían aparecido como por arte de magia en torno a sus muñecas. Durante un par de segundos permanecimos inmóviles como un grupo de estatuas. Luego, con un bramido de rabia, el preso se liberó de un tirón de las garras de Holmes y se precipitó contra la ventana. Madera y cristal cedieron ante él, pero, antes de que su cuerpo se proyectara fuera, Gregson, Lestrade y Holmes cayeron sobre él como perros de presa. Lo arrastraron al interior de la habitación y empezó una pelea terrible. Era tan fuerte y tan feroz que una y otra vez se liberó de nosotros cuatro. Parecía tener la energía convulsiva de un hombre en pleno ataque de epilepsia. Sus manos y su cara estaban terriblemente laceradas tras haber atravesado el cristal, pero la pérdida de sangre no había disminuido su resistencia. Sólo cuando Lestrade consiguió cogerlo por la corbata y casi estrangularlo, comprendió que sus esfuerzos eran inútiles. Y, aun así, no nos sentimos seguros hasta que lo tuvimos atado de pies y manos. Hecho esto, nos levantamos sin aliento y jadeantes.