Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Eran casi las cuatro cuando nos encontramos por fin en el bonito pueblecito campesino de Ross, tras haber atravesado el hermoso valle del Stroud y cruzado el ancho y reluciente Severn. Un hombre delgado, con cara de hurón y mirada furtiva y astuta, nos esperaba en el andén. A pesar del guardapolvo marrón claro y de las polainas de cuero que llevaba como concesión al ambiente campesino, no tuve dificultad en reconocer a Lestrade, de Scodand Yard. Fuimos con él en coche hasta «El Escudo de Hereford», donde ya se nos había reservado una habitación.
-He pedido un coche -dijo Lestrade, mientras nos sentábamos a tomar una taza de té-.,Conozco su carácter enérgico y sé que no estará a gusto hasta que haya visitado la escena del crimen.
-Es usted muy amable y halagador -respondió Holmes-. Pero todo depende de la presión barométrica.
Lestrade pareció sorprendido.
-No comprendo muy bien-dijo.
-¿Qué marca el barómetro? Veintinueve, por lo que veo. No hay viento, ni se ve una nube en el cielo. Tengo aquí una caja de cigarrillos que piden ser fumados, y el sofá es muy superior a las habituales abominaciones que suelen encontrarse en los hoteles rurales. No creo probable que utilice el coche esta noche.
Lestrade dejó escapar una risa indulgente.