Las Aventuras de Sherlock Holmes

Las Aventuras de Sherlock Holmes

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Cuando seguía un rastro como aquél, Sherlock Holmes se transformaba. Los que sólo conocían al tranquilo pensador y lógico de Baker Street habrían tenido dificultades para reconocerlo. Su rostro se acaloraba y se ensombrecía. Sus cejas se convertían en dos líneas negras y marcadas, bajo las cuales relucían sus ojos con brillo de acero. Llevaba la cabeza inclinada hacia abajo, los hombros encorvados, los labios apretados y las venas de su cuello largo y fibroso sobresalían como cuerdas de látigo. Los orificios de la nariz parecían dilatarse con un ansia de caza puramente animal, y su mente estaba tan concentrada en lo que tenía delante que toda pregunta o comentario caía en oídos sordos o, como máximo, provocaba un rápido e impaciente gruñido de respuesta. Fue avanzando rápida y silenciosamente a lo largo del camino que atravesaba los prados y luego conducía a través del bosque hasta el estanque de Boscombe. El terreno era húmedo y pantanoso, lo mismo que en todo el distrito, y se veían huellas de muchos pies, tanto en el sendero como sobre la hierba corta que lo bordeaba por ambos lados. A veces, Holmes apretaba el paso; otras veces, se paraba en seco; y en una ocasión dio un pequeño rodeo, metiéndose por el prado. Lestrade y yo caminábamos detrás de él: el policía, con aire indiferente y despectivo, mientras que yo observaba a mi amigo con un interés que nacía de la convicción de que todas y cada una de sus acciones tenían una finalidad concreta.


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