Las Aventuras de Sherlock Holmes

Las Aventuras de Sherlock Holmes

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-Tch, tch. No tengo tiempo. Ese pie izquierdo suyo, torcido hacia dentro, aparece por todas partes. Hasta un topo podría seguir sus pasos, y aquí se meten entre los juncos. ¡Ay, qué sencillo habría sido todo si yo hubiera estado aquí antes de que llegaran todos, como una manada de búfalos, chapoteando por todas partes! Por aquí llegó el grupito del guardés, borrando todas las huellas en más de dos metros alrededor del cadáver. Pero aquí hay tres pistas distintas de los mismos pies -sacó una lupa y se tendió sobre el impermeable para ver mejor, sin dejar de hablar, más para sí mismo que para nosotros-. Son los pies del joven McCarthy. Dos veces andando y una corriendo tan aprisa que las puntas están marcadas y los tacones apenas se ven. Esto concuerda con su relato. Echó a correr al ver a su padre en el suelo. Y aquí tenemos las pisadas del padre cuando andaba de un lado a otro. ¿Y esto qué es? Ah, la culata de la escopeta del hijo, que se apoyaba en ella mientras escuchaba. ¡Ajá! ¿Qué tenemos aquí? ¡Pasos de puntillas, pasos de puntillas! ¡Y, además, de unas botas bastante raras, de puntera cuadrada!

Vienen, van, vuelven a venir… por supuesto, a recoger el abrigo. Ahora bien, ¿de dónde venían?



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