Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Corrió de un lado a otro, perdiendo a veces la pista y volviéndola a encontrar, hasta que nos adentramos bastante en el bosque y llegamos a la sombra de una enorme haya, el árbol más grande de los alrededores. Holmes siguió la pista hasta detrás del árbol y se volvió a tumbar boca abajo, con un gritito de satisfacción. Se quedó allà durante un buen rato, levantando las hojas y las ramitas secas, recogiendo en un sobre algo que a mà me pareció polvo y examinando con la lupa no sólo el suelo sino también la corteza del árbol hasta donde pudo alcanzar. Tirada entre el musgo habÃa una piedra de forma irregular, que también examinó atentamente, guardándosela luego. A continuación siguió un sendero que atravesaba el bosque hasta salir a la carretera, donde se perdÃan todas las huellas.
-Ha sido un caso sumamente interesante -comentó, volviendo a su forma de ser habitual-. Imagino que esa casa gris de la derecha debe ser el pabellón del guarda. Creo que voy a entrar a cambiar unas palabras con Moran, y tal vez escribir una notita. Una vez hecho eso, podemos volver para comer. Ustedes pueden ir andando hasta el coche, que yo me reuniré con ustedes en seguida.
Tardamos unos diez minutos en llegar hasta el coche y emprender el regreso a Ross. Holmes seguÃa llevando la piedra que habÃa recogido en el bosque.
-Puede que esto le interese, Lestrade -comentó, enseñándosela-. Con esto se cometió el asesinato.