Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Resultaba difÃcil negarse a las peticiones de Sherlock Holmes, porque siempre eran extraordinariamente concretas y las exponÃa con un tono de lo más señorial. De todas maneras, me parecÃa que una vez metido Whitney en el coche, mi misión habÃa quedado prácticamente cumplida; y, por otra parte, no podÃa desear nada mejor que acompañar a mi amigo en una de aquellas insólitas aventuras que constituÃan su modo normal de vida. Me bastaron unos minutos para escribir la nota, pagar la cuenta de Whitney, llevarlo hasta el coche y verle partir a través de la noche. Muy poco después, una decrépita figura salÃa del fumadero de opio y yo caminaba calle abajo en compañÃa de Sherlock Holmes. Avanzó por un par de calles arrastrando los pies, con la espalda encorvada y el paso inseguro; y de pronto, tras echar una rápida mirada a su alrededor, enderezó el cuerpo y estalló en una alegre carcajada.
—Supongo, Watson —dijo—, que está usted pensando que he añadido el fumar opio a las inyecciones de cocaÃna y demás pequeñas debilidades sobre las que usted ha tenido la bondad de emitir su opinión facultativa.
—Desde luego, me sorprendió encontrarlo allÃ.
—No más de lo que me sorprendió a mà verle a usted.
—Yo vine en busca de un amigo.