Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Nos habÃamos detenido frente a una gran mansión con terreno propio. Un mozo de cuadras habÃa corrido a hacerse cargo del caballo y, tras descender del coche, seguà a Holmes por un estrecho y ondulante sendero de grava que llevaba a la casa. Cuando ya estábamos cerca, se abrió la puerta y una mujer menuda y rubia apareció en el marco, vestida con una especie de mousseline-de-soie, con apliques de gasa rosa y esponjosa en el cuello y los puños. Permaneció inmóvil, con su silueta recortada contra la luz, una mano apoyada en la puerta, la otra a medio alzar en un gesto de ansiedad, el cuerpo ligeramente inclinado, adelantando la cabeza y la cara, con ojos impacientes y labios entreabiertos. Era la estampa viviente misma de la incertidumbre.
—¿Y bien? —gimió—. ¿Qué hay?
Y entonces, viendo que éramos dos, soltó un grito de esperanza que se transformó en un gemido al ver que mi compañero meneaba la cabeza y se encogÃa de hombros.
—¿No hay buenas noticias?
—No hay ninguna noticia.
—¿Tampoco malas?
—Tampoco.
—Demos gracias a Dios por eso. Pero entren. Estará usted cansado después de tan larga jornada.