Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Le presento a mi amigo el doctor Watson. Su ayuda ha resultado fundamental en varios de mis casos y, por una afortunada casualidad, he podido traérmelo e incorporarlo a esta investigación.
—Encantada de conocerlo —dijo ella, estrechándome calurosamente la mano—. Estoy segura que sabrá disculpar las deficiencias que encuentre, teniendo en cuenta la desgracia tan repentina que nos ha ocurrido.
—Querida señora —dije—. Soy un viejo soldado y, aunque no lo fuera, me doy perfecta cuenta de que huelgan las disculpas. Me sentiré muy satisfecho si puedo resultar de alguna ayuda para usted o para mi compañero aquà presente.
—Y ahora, señor Sherlock Holmes —dijo la señora mientras entrábamos en un comedor bien iluminado, en cuya mesa estaba servida una comida frÃa—, me gustarÃa hacerle un par de preguntas francas, y le ruego que las respuestas sean igualmente francas.
—Desde luego, señora.
—No se preocupe por mis sentimientos. No soy histérica ni propensa a los desmayos. Simplemente, quiero conocer su auténtica opinión.
—¿Sobre qué punto?
—En el fondo de su corazón, ¿cree usted que Neville está vivo?
Sherlock Holmes pareció incómodo ante la pregunta.