Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —¡Francamente! —repitió ella, de pie sobre la alfombra y mirándolo fijamente desde lo alto, mientras Holmes se retrepaba en un sillón de mimbre.
—Pues, francamente, señora: no.
—¿Cree usted que ha muerto?
—SÃ.
—¿Asesinado?
—No puedo asegurarlo. Es posible.
—¿Y qué dÃa murió?
—El lunes.
—Entonces, señor Holmes, ¿tendrÃa usted la bondad de explicar cómo es posible que haya recibido hoy esta carta suya?
Sherlock Holmes se levantó de un salto, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
—¿Qué? —rugió.
—SÃ, hoy mismo —dijo ella, sonriendo y sosteniendo en alto una hojita de papel.
—¿Puedo verla?
—Desde luego.
Se la arrebató impulsivamente y, extendiendo la carta sobre la mesa, acercó una lámpara y la examinó con detenimiento. Yo me habÃa levantado de mi silla y miraba por encima de su hombro. El sobre era muy ordinario, y traÃa matasellos de Gravesend y fecha de aquel mismo dÃa, o más bien del dÃa anterior, pues ya era mucho más de medianoche.