Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —SÃ, lo más que hemos conseguido es que se lave las manos, pero la cara la tiene tan negra como un fogonero. En fin, en cuanto se decida su caso tendrá que bañarse periódicamente en la cárcel, y si usted lo viera, creo que estarÃa de acuerdo conmigo en que lo necesita.
—Me gustarÃa muchÃsimo verlo.
—¿De veras? Pues eso es fácil. Venga por aquÃ. Puede dejar la maleta.
—No, prefiero llevarla.
—Como quiera. Vengan por aquÃ, por favor —nos guió por un pasillo, abrió una puerta con barrotes, bajó una escalera de caracol, y nos introdujo en una galerÃa encalada con una hilera de puertas a cada lado.
—La tercera de la derecha es la suya —dijo el inspector—. ¡Aquà está! —abrió sin hacer ruido un ventanuco en la parte superior de la puerta y miró al interior—. Está dormido —dijo—. Podrán verle perfectamente.