Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Me resultará muy fácil, porque tengo grabados a fuego en la memoria todos los acontecimientos de aquel espantoso perÃodo. Como ya le he dicho, la mansión familiar es muy vieja, y en la actualidad sólo un ala está habitada. Los dormitorios de esta ala se encuentran en la planta baja, y las salas en el bloque central del edificio. El primero de los dormitorios es el del doctor Roylott, el segundo el de mi hermana, y el tercero el mÃo. No están comunicados, pero todos dan al mismo pasillo. ¿Me explico con claridad?
—Perfectamente.
—Las ventanas de los tres cuartos dan al jardÃn. La noche fatÃdica, el doctor Roylott se habÃa retirado pronto, aunque sabÃamos que no se habÃa acostado porque a mi hermana le molestaba el fuerte olor de los cigarros indios que solÃa fumar. Por eso dejó su habitación y vino a la mÃa, donde se quedó bastante rato, hablando sobre su inminente boda. A las once se levantó para marcharse, pero en la puerta se detuvo y se volvió a mirarme.
»—Dime, Helen —dijo—. ¿Has oÃdo a alguien silbar en medio de la noche?
»—Nunca —respondÃ.
»—¿No podrÃas ser tú, que silbas mientras duermes?
»—Desde luego que no. ¿Por qué?