Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —No, no lo creo. Creo que es probable que existiera una causa más tangible. Y ahora, señorita Stoner, tenemos que dejarla, porque si regresara el doctor Roylott y nos viera, nuestro viaje habrÃa sido en vano. Adiós, y sea valiente, porque si hace lo que le he dicho puede estar segura de que no tardaremos en librarla de los peligros que la amenazan.
Sherlock Holmes y yo no tuvimos dificultades para alquilar una alcoba con sala de estar en el «Crown». Las habitaciones se encontraban en la planta superior, y desde nuestra ventana gozábamos de una espléndida vista de la entrada a la avenida y del ala deshabitada de la mansión de Stoke Moran. Al atardecer vimos pasar en un coche al doctor Grimesby Roylott, con su gigantesca figura sobresaliendo junto a la menuda figurilla del muchacho que guiaba el coche. El cochero tuvo alguna dificultad para abrir las pesadas puertas de hierro, y pudimos oÃr el áspero rugido del doctor y ver la furia con que agitaba los puños cerrados, amenazándolo. El vehÃculo siguió adelante y, pocos minutos más tarde, vimos una luz que brillaba de pronto entre los árboles, indicando que se habÃa encendido una lámpara en uno de los salones.
—¿Sabe usted, Watson? —dijo Holmes mientras permanecÃamos sentados en la oscuridad—. Siento ciertos escrúpulos de llevarle conmigo esta noche. Hay un elemento de peligro indudable.