Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Al salir, Holmes intercambió algunas frases con el posadero, explicándole que Ãbamos a hacer una visita de última hora a un conocido y que era posible que pasáramos la noche en su casa. Un momento después avanzábamos por el oscuro camino, con el viento helado soplándonos en la cara y una lucecita amarilla parpadeando frente a nosotros en medio de las tinieblas para guiarnos en nuestra tétrica incursión.
No tuvimos dificultades para entrar en la finca porque la vieja tapia del parque estaba derruida por varios sitios. Nos abrimos camino entre los árboles, llegamos al jardÃn, lo cruzamos, y nos disponÃamos a entrar por la ventana cuando de un macizo de laureles salió disparado algo que parecÃa un niño deforme y repugnante, que se tiró sobre la hierba retorciendo los miembros y luego corrió a toda velocidad por el jardÃn hasta perderse en la oscuridad.
—¡Dios mÃo! —susurré—. ¿Ha visto eso?
Por un momento, Holmes se quedó tan sorprendido como yo, y su mano se cerró como una presa sobre mi muñeca. Luego, se echó a reÃr en voz baja y acercó los labios a mi oÃdo.
—Es una familia encantadora —murmuró—. Eso era el babuino.