Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Me había olvidado de los extravagantes animalitos de compañía del doctor. Había también un guepardo, que podía caer sobre nuestros hombros en cualquier momento. Confieso que me sentí más tranquilo cuando, tras seguir el ejemplo de Holmes y quitarme los zapatos, me encontré dentro de la habitación. Mi compañero cerró los postigos sin hacer ruido, colocó la lámpara encima de la mesa y recorrió con la mirada la habitación. Todo seguía igual que como lo habíamos visto durante el día. Luego se arrastró hacia mí y, haciendo bocina con la mano, volvió a susurrarme al oído, en voz tan baja que a duras penas conseguí entender las palabras.
—El más ligero ruido sería fatal para nuestros planes.
Asentí para dar a entender que lo había oído.
—Tenemos que apagar la luz, o se vería por la abertura.
Asentí de nuevo.
—No se duerma. Su vida puede depender de ello. Tenga preparada la pistola por si acaso la necesitamos. Yo me sentaré junto a la cama, y usted en esa silla.
Saqué mi revólver y lo puse en una esquina de la mesa.