Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes -¿Conque eso se teme, eh? -exclamó Lestrade, algo picado-. Pues yo me temo, Holmes, que sus deducciones y sus inferencias no le sirven de gran cosa. Ha metido dos veces la pata en otros tantos minutos. Este vestido acusa a la señorita Flora Millar.
-¿Y de qué manera?
-En el vestido hay un bolsillo. En el bolsillo hay un tarjetero. En el tarjetero hay una nota. Y aquà está la nota -la plantó de un manotazo en la mesa, delante de él-. Escuche esto: «Nos veremos cuando todo esté arreglado. Ven en seguida. F H. M.». Pues bien, desde un principio mi teorÃa ha sido que lady St. Simon fue atraÃda con engaños por Flora Millar, y que ésta, sin duda con ayuda de algunos cómplices, es responsable de su desaparición. AquÃ, firmada con sus iniciales, está la nota que sin duda le pasó disimuladamente en la puerta, y que sirvió de cebo para atraerla hasta sus manos.
-Muy bien, Lestrade -dijo Holmes, riendo-. Es usted fantástico. Déjeme verlo -cogió el papel con indiferencia, pero algo le llamó la atención al instante, haciéndole emitir un grito de satisfacción.
-¡Esto sà que es importante! -dijo.
-¡Vaya! ¿Le parece a usted?
-Ya lo creo. Le felicito calurosamente.
Lestrade se levantó con aire triunfal e inclinó la cabeza para mirar.