Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes »—El lunes que viene cobraré una cantidad importante, y entonces podré, con toda seguridad, devolverle lo que usted me adelante, más los intereses que considere adecuados. Pero me resulta imprescindible disponer del dinero en el acto.
»—TendrÃa mucho gusto en prestárselo yo mismo, de mi propio bolsillo y sin más trámites, pero la cantidad excede un poco a mis posibilidades. Por otra parte, si lo hago en nombre de la firma, entonces, en consideración a mi socio, tendrÃa que insistir en que, aun tratándose de usted, se tomaran todas las garantÃas pertinentes.
»—Lo prefiero asÃ, y con mucho —dijo él, alzando una caja de tafilete negro que habÃa dejado junto a su silla—. Supongo que habrá oÃdo hablar de la corona de berilos.
»—Una de las más preciadas posesiones públicas del Imperio —respondà yo.
»—En efecto —abrió la caja y allÃ, embutida en blando terciopelo de color carne, apareció la magnÃfica joya que acababa de nombrar—. Son treinta y nueve berilos enormes —dijo—, y el precio de la montura de oro es incalculable. La tasación más baja fijará el precio de la corona en más del doble de la suma que le pido. Estoy dispuesto a dejársela como garantÃa.