Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Llego ahora a una parte de mi historia que quiero que lo sea especialmente. Yo no tengo el sueño pesado y, sin duda, la ansiedad que sentÃa hizo que aquella noche fuera aún más ligero que de costumbre. A eso de las dos de la mañana, me despertó un ruido en la casa. Cuando me desperté del todo ya no se oÃa, pero me habÃa dado la impresión de una ventana que se cerrara con cuidado. Escuché con toda mi alma. De pronto, con gran espanto por mi parte, oà el sonido inconfundible de unos pasos sigilosos en la habitación de al lado. Me deslicé fuera de la cama, temblando de miedo, y miré por la esquina de la puerta del gabinete.
»—¡Arthur! —grité—. ¡Miserable ladrón! ¿Cómo te atreves a tocar esa corona?
»La luz de gas estaba a media potencia, como yo la habÃa dejado, y mi desdichado hijo, vestido sólo con camisa y pantalones, estaba de pie junto a la luz, con la corona en las manos. ParecÃa estar torciéndola o aplastándola con todas sus fuerzas. Al oÃr mi grito la dejó caer y se puso tan pálido como un muerto. La recogà y la examiné. Le faltaba uno de los extremos de oro, con tres de los berilos.
»—¡Canalla! —grité, enloquecido de rabia—. ¡La has roto! ¡Me has deshonrado para siempre! ¿Dónde están las joyas que has robado?
»—¡Robado! —exclamó.