Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes »Para entonces, toda la casa estaba alborotada, porque yo, llevado por la cólera, había alzado mucho la voz. Mary fue la primera en entrar corriendo en la habitación y, al ver la corona y la cara de Arthur, comprendió todo lo sucedido y, dando un grito, cayó sin sentido al suelo. Hice que la doncella avisara a la policía y puse inmediatamente la investigación en sus manos. Cuando el inspector y un agente de uniforme entraron en la casa, Arthur, que había permanecido todo el tiempo taciturno y con los brazos cruzados, me preguntó si tenía la intención de acusarle de robo. Le respondí que había dejado de ser un asunto privado para convertirse en público, puesto que la corona destrozada era propiedad de la nación. Yo estaba decidido a que la ley se cumpliera hasta el final.
»—Al menos —dijo—, no me hagas detener ahora mismo. Te conviene tanto como a mí dejarme salir de casa cinco minutos.
»—Sí, para que puedas escaparte, o tal vez para poder esconder lo que has robado —respondí yo.