Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —DÃgame, querido señor —dijo Holmes—, ¿no le empieza a parecer evidente que este asunto tiene mucha más miga que la que usted o la policÃa pensaron en un principio? A usted le parecÃa un caso muy sencillo; a mà me parece enormemente complicado. Considere usted todo lo que implica su teorÃa: usted supone que su hijo se levantó de la cama, se arriesgó a ir a su gabinete, forzó el escritorio, sacó la corona, rompió un trocito de la misma, se fue a algún otro sitio donde escondió tres de las treinta y nueve gemas, tan hábilmente que nadie ha sido capaz de encontrarlas, y luego regresó con las treinta y seis restantes al gabinete, donde se exponÃa con toda seguridad a ser descubierto. Ahora yo le pregunto: ¿se sostiene en pie esa teorÃa?
—Pero ¿qué otra puede haber? —exclamó el banquero con un gesto de desesperación—. Si sus motivos eran honrados, ¿por qué no los explica?
—En averiguarlo consiste nuestra tarea —replicó Holmes—. Asà pues, señor Holder, si le parece bien iremos a Streatham juntos y dedicaremos una hora a examinar más de cerca los detalles.