Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Ya veo. Usted supone que ella salió para contárselo a su novio, y que entre los dos planearon el robo.
—¿Pero de qué sirven todas esas vagas teorÃas? —exclamó el banquero con impaciencia—. ¿No le he dicho que vi a Arthur con la corona en las manos?
—Aguarde un momento, señor Holder. Ya llegaremos a eso. Volvamos a esa muchacha, señorita Holder. Me imagino que la vio usted volver por la puerta de la cocina.
—SÃ; cuando fui a ver si la puerta estaba cerrada, me tropecé con ella que entraba. También vi al hombre en la oscuridad.
—¿Le conoce usted?
—Oh, sÃ; es el verdulero que nos trae las verduras. Se llama Francis Prosper.
—¿Estaba a la izquierda de la puerta… es decir, en el sendero y un poco alejado de la puerta?
—En efecto.
—¿Y tiene una pata de palo?
Algo parecido al miedo asomó en los negros y expresivos ojos de la muchacha.
—Caramba, ni que fuera usted un mago —dijo—. ¿Cómo sabe eso?
La muchacha sonreÃa, pero en el rostro enjuto y preocupado de Holmes no apareció sonrisa alguna.