Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Con expresión atónita, el banquero extendió el cheque solicitado. Holmes se acercó a su escritorio, sacó un trozo triangular de oro con tres piedras preciosas, y lo arrojó sobre la mesa.
Nuestro cliente se apoderó de él con un alarido de júbilo.
—¡Lo tiene! —jadeó—. ¡Estoy salvado! ¡Estoy salvado!
La reacción de alegrÃa era tan apasionada como lo habÃa sido su desconsuelo anterior, y apretaba contra el pecho las gemas recuperadas.
—TodavÃa debe usted algo, señor Holder —dijo Sherlock Holmes en tono más bien severo.
—¿Qué debo? —cogió la pluma—. Diga la cantidad y la pagaré.
—No, su deuda no es conmigo. Le debe usted las más humildes disculpas a ese noble muchacho, su hijo, que se ha comportado en todo este asunto de un modo que a mà me enorgullecerÃa en mi propio hijo, si es que alguna vez llego a tener uno.
—Entonces, ¿no fue Arthur quien las robó?
—Se lo dije ayer y se lo repito hoy: no fue él.
—¡Con qué seguridad lo dice! En tal caso, ¡vayamos ahora mismo a decirle que ya se ha descubierto la verdad!