Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Precisamente. Ése era yo. Ya tenÃa a mi hombre, asà que volvà a casa y me cambié de ropa. TenÃa que actuar con mucha delicadeza, porque estaba claro que habÃa que prescindir de denuncias para evitar el escándalo, y sabÃa que un canalla tan astuto como él se darÃa cuenta de que tenÃamos las manos atadas por ese lado. Fui a verlo. Al principio, como era de esperar, lo negó todo. Pero luego, cuando le di todos los detalles de lo que habÃa ocurrido, se puso gallito y cogió una cachiporra de la pared. Sin embargo, yo conocÃa a mi hombre y le apliqué una pistola a la sien antes de que pudiera golpear. Entonces se volvió un poco más razonable. Le dije que le pagarÃamos un rescate por las piedras que tenÃa en su poder: mil libras por cada una. Aquello provocó en él las primeras señales de pesar. «¡Maldita sea! —dijo—. ¡Y yo que he vendido las tres por seiscientas!» No tardé en arrancarle la dirección del comprador, prometiéndole que no presentarÃamos ninguna denuncia. Me fui a buscarlo y, tras mucho regateo, le saqué las piedras a mil libras cada una. Luego fui a visitar a su hijo, le dije que todo habÃa quedado aclarado, y por fin me acosté a eso de las dos, después de lo que bien puedo llamar una dura jornada.