Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes —Psé. Querido amigo, ¿qué le importan al público, al gran público despistado, que serÃa incapaz de distinguir a un tejedor por sus dientes o a un cajista de imprenta por su pulgar izquierdo, los matices más delicados del análisis y la deducción? Aunque, la verdad, si es usted trivial no es por culpa suya, porque ya pasaron los tiempos de los grandes casos. El hombre, o por lo menos el criminal, ha perdido toda la iniciativa y la originalidad. Y mi humilde consultorio parece estar degenerando en una agencia para recuperar lápices extraviados y ofrecer consejo a señoritas de internado. Creo que por fin hemos tocado fondo. Esta nota que he recibido esta mañana marca, a mi entender, mi punto cero. Léala —me tiró una carta arrugada.
Estaba fechada en Montague Place la noche anterior y decÃa:
«Querido señor Holmes: Tengo mucho interés en consultarle acerca de si deberÃa o no aceptar un empleo de institutriz que se me ha ofrecido. Si no tiene inconveniente, pasaré a visitarle mañana a las diez y media. Suya afectÃsima, Violet Hunter.»
—¿Conoce usted a esta joven? —pregunté.
—De nada.
—Pues ya son las diez y media.
—SÃ, y sin duda es ella la que acaba de llamar a la puerta.