Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes »Quedé un poco perpleja ante la naturaleza de las diversiones del niño, pero la risa del padre me hizo pensar que tal vez estuviera bromeando.
»—Entonces, mi única tarea —dije— serÃa ocuparme de este niño.
»—No, no, no la única, querida señorita, no la única —respondió—. Su tarea consistirá, como sin duda ya habrá imaginado, en obedecer todas las pequeñas órdenes que mi esposa le pueda dar, siempre que se trate de órdenes que una dama pueda obedecer con dignidad. No verá usted ningún inconveniente en ello, ¿verdad?
»—Estaré encantada de poder ser útil.
»—Perfectamente. Por ejemplo, en la cuestión del vestuario. Somos algo maniáticos, ¿sabe usted? Maniáticos pero buena gente. Si le pidiéramos que se pusiera un vestido que nosotros le proporcionáramos, no se opondrÃa usted a nuestro capricho, ¿verdad?
»—No —dije yo, bastante sorprendida por sus palabras.
»—O que se sentara en un sitio, o en otro; eso no le resultarÃa ofensivo, ¿verdad?
»—Oh, no.
»—O que se cortara el cabello muy corto antes de presentarse en nuestra casa…