Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes »—No se asuste —dijo mi patrón, echándose a reÃr ante mi sobresalto—. Es solamente Carlo, mi mastÃn. He dicho mÃo, pero en realidad el único que puede controlarlo es el viejo Toller, mi mayordomo. Sólo le damos de comer una vez al dÃa, y no mucho, de manera que siempre está tan agresivo como una salsa picante. Toller lo deja suelto cada noche, y que Dios tenga piedad del intruso al que le hinque el diente. Por lo que más quiera, bajo ningún pretexto ponga los pies fuera de casa por la noche, porque se jugarÃa usted la vida.
»No se trataba de una advertencia sin fundamento, porque dos noches después se me ocurrió asomarme a la ventana de mi cuarto a eso de las dos de la madrugada. Era una hermosa noche de luna, y el césped de delante de la casa se veÃa plateado y casi tan iluminado como de dÃa. Me encontraba absorta en la apacible belleza de la escena cuando sentà que algo se movÃa entre las sombras de las hayas cobrizas. Por fin salió a la luz de la luna y vi lo que era: un perro gigantesco, tan grande como un ternero, de piel leonada, carrillos colgantes, hocico negro y huesos grandes y salientes. Atravesó lentamente el césped y desapareció en las sombras del otro lado. Aquel terrible y silencioso centinela me provocó un escalofrÃo como no creo que pudiera causarme ningún ladrón.